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La corrupción es un problema serio, denso y complejo; por lo tanto, así se le debe tratar. No conviene caer en la ligereza de considerarla solo un mal propio de las instituciones a las que afecta, ni suponer que es exclusiva del sector público. Cuando se incurre en este equívoco, aumenta el riesgo de ignorar su presencia en el sector privado, o en el día a día de la comunidad. Incluso, en determinadas circunstancias, hay quienes perciben la corrupción con “normalidad”. Cuando se llega a ese extremo, la sanción social pierde fuerza, transformándose en un débil escollo que suele ser superado con sencillez, porque se pone en evidencia la incapacidad para denunciar, cuestionar, o siquiera rechazar el comportamiento corrupto.

En ese orden de ideas, resulta bastante claro que la corrupción se traduce en desigualdad, inequidad y lo que es peor, en una barrera de acceso a las oportunidades que el sistema, en todos sus órdenes, debería proveer para cada persona sin distinción alguna.

La corrupción no es responsabilidad de las instituciones, las empresas, o las organizaciones; es responsabilidad de las personas que se aprovechan de ellas y de los cargos que ostentan, para obtener beneficios irregulares, los cuales no podrían alcanzar si lo intentaran en igualdad de condiciones.

De acuerdo con el índice anual sobre percepción de corrupción que elabora Transparencia Internacional, Colombia no registra ninguna mejoría durante los últimos 3 años. Entre los cien puntos posibles, que es la mejor calificación, el país no consigue mejorar los 37 puntos que obtiene desde el 2014. Claro, habrá quien los interprete diciendo: “Al menos no hemos retrocedido”.

Sin embargo, desde el Partido Político MIRA, insistimos en nuestro planteamiento, el cual defiende un modo diferente de comprender el fenómeno. Para obtener resultados tangibles en la lucha contra la corrupción, es necesario combatirla desde el interior de las personas, movilizando las conciencias individuales y así también, la conciencia colectiva. Desde nuestro campo de acción como Partido Político, promovemos la praxis de los valores en la política: Un mecanismo eficaz.

Esta construcción se sustenta sobre tres pilares: Primero, la política debe ser práctica y expresión constante de una auténtica vocación de servicio; segundo, se debe promover la participación de la mujer en términos concretos de incidencia y decisión; y tercero, es esencial el fomento de oportunidades reales, que sean manifestación tangible de equidad, vida digna y generación de ingresos.

Columna publicada en el diario impreso: