El mundo entero se estremece por la fuerza del terremoto en México del pasado 19 de septiembre. Historias, imágenes y relatos sobre lo ocurrido, dieron la vuelta al mundo a un ritmo vertiginoso, propiciado por los medios tecnológicos actuales que no estaban en operación hace 32 años, cuando un fenómeno similar golpeó al pueblo mexicano, en especial su ciudad capital.

Situaciones de esta clase despiertan sentimientos y reacciones por doquier. Por un lado, están las emociones que afloran en quienes estuvieron presentes y sobrevivieron a desastres en el pasado. Tanto en México, como en muchos otros países de Latinoamérica, los terremotos han dejado profundas huellas en sus habitantes e instituciones.

De otro lado, la solidaridad nacional e internacional, muestra su vigor con vehemencia. Fundaciones, Organizaciones No Gubernamentales, artistas, gobiernos, países y ciudadanos, hacen su aporte, procurando con ello aliviar en alguna medida, la crisis de quienes resultaron damnificados por el desastre.

Otro tanto ocurre con la evaluación de la respuesta tecnológica a los hechos. Si bien es cierto, no es posible saber con anticipación dónde ni cuándo ocurrirá un terremoto, existen sistemas de alerta que conceden segundos absolutamente valiosos, previos a este tipo de eventos. Sin embargo, a pesar de su bondad, no son infalibles. Las características de este sismo en particular, impidieron que las alarmas dieran su voz con la antelación debida.

Entonces, ¿qué es lo que queda? La acción civil e institucional ante los hechos. Siempre que haya certeza de que algo ocurrirá, aunque no se pueda establecer con exactitud el momento, es necesario estar preparados, planear, contar con medidas preventivas y enfocar la respuesta, para cuando la situación lo demande.

Una reacción estructurada permite reducir el impacto del fenómeno, una vez éste se presenta. No cabe entonces darle la espalda a esta clase de realidades latentes, sino estimarlas de acuerdo con la magnitud que representan y tomar las medidas que estén al alcance, para salir de ellas de la mejor manera posible, cuando los eventos tengan lugar.

Así como estas reflexiones son válidas para México, otro tanto se puede decir para Puerto Rico o todo el territorio insular de América en el Atlántico, que ahora padece las consecuencias de huracanes tan fuertes, como pocos ha conocido la historia.

Siempre que sea posible, será necesario estar un paso adelante para hacer frente a la adversidad.

Columna publicada en el diario impreso: